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Avatar bis: Con las piedras que te tiran, hacete un monumento
Avatar (2009), de James Cameron. Con Sam Worthington, Sigourney Weaver y Zoe Saldaña.
Para que la frase “hacer la América” pueda representar a James Cameron, sería necesario un conflicto bélico o económico que lo llevara de su Canadá natal a EEUU. Sin embargo, al empezar bien desde abajo en el cine, se ha convertido en un ideal capitalista. De trabajar con los que exprimían el presupuesto como un ama de casa a fin de mes, a realizar las producciones más costosas. Cameron estudió física y trabajó de camionero hasta que Roger Corman lo contrató como director de arte y creador de maquetas. Bajo su ala también debutó como director en Piranha II: the spawning (1981). El hecho de haber sido iniciado por uno de los hombres que más barato filmaba en la clase B, dio al joven Cameron la oportunidad de aprender a conocer los recursos y saber cómo utilizarlos. Un ejemplo de la destreza de Corman fue la filmación de The St. Valentines day massacre (1967) que “fue rodada con tanta exactitud que al final de la producción Corman terminó devolviéndole al estudio el dinero sobrante del presupuesto” (Cine bizarro, Diego Curubeto). Esta fue la escuela de Cameron.
Pero no es tan gratificante ser, ahora, el hombre que filma en clase A y con el mayor presupuesto. El reestreno de Avatar sigue recolectando críticas, quejas, pedidos de censura y hasta foros dedicados a cómo sobrellevar la depresión de no vivir en Pandora. Entre las diferentes reacciones, hay cuatro casos interesantes que sirven de disparador para abordar la complejidad que ofrece la película. Por un lado, en Rusia, los comunistas acusaron de plagio a Cameron por haber robado ideas a la ciencia ficción soviética (aunque no especifican cuáles). Exigieron a Interpol el arresto de Cameron por “apropiación de la propiedad intelectual socialista que forma parte del plan jesuita de Obama para mejorar su imagen en temas medioambientales” (www.elmundo.es). Es razonable pensar el plagio al usar la idea del invasor convertido, como en El último samurai (Edward Zwick, 2003) o Pocahontas (Mike Gabriel y Eric Goldberg, 1995). El mismo Cameron en una entrevista afirmó que “Avatar es Danza con lobos en el espacio”. Incluso los “panaderos” que rodean al protagonista, son idénticos al cortometraje Varmints (Marc Craste, 2008) que sigue la misma temática futurista/apocalíptica/ecológica. En Avatar, el discurso anticapitalista es la primera capa de la cebolla que lleva a reflexionar sobre lo malvado que es el hombre en su afán de expansión destructiva y acumulación de poder. Cuentito con moraleja y políticamente correcto. La metáfora sencilla nos lleva al segundo caso.
El diario vaticano L’osservatore Romano y sus hombres de negro, acusaron a Avatar de sentimentalismo, panteísmo y espiritualismo ecológico. “Una parábola antiimperialista y antimilitarista fácil, fácil” y “falta de emociones humanas” (por el talento de Sam Worthington más que por la película en sí). Antes que nada, los Omaticaya no son panteístas sino monistas. Aquí hay un politeísmo completamente ligado a la mitología griega. Desde un comienzo, cuando se creman los restos del hermano de Jack, es una caja la que se ve envuelta en llamas. Es una caja que es destruida remitiendo directamente a Pandora, la que libera los males, el castigo en forma de mujer que Zeus envía por la desobediencia de Prometeo. Pandora, también es la luna del planeta Polifemo. Es el marco de la historia. Y será el hombre quién abrirá Pandora (luna y caja) para extraer lo que esté en su interior, dejando escapar las calamidades que se producirán luego. Pero al igual que en Grecia, lo único que quedará será la esperanza y con ella la victoria en la batalla. Y lo que el diario Vaticano no supo ver fue la cantidad de material teológico que usa Cameron. La relación entre Pandora y Eva como signos de la perdición del hombre, va más allá del mito griego. Perder Pandora es perder el paraíso por la misma soberbia que en el Génesis: el ambicioso Parker Selfridge, y su ejército comandado por el Coronel Quaritch, traerán el fuego y con él la expulsión del hombre.
Jack ya tiene un destino marcado. Hay un Plan dictado para él pero necesita ser guiado. El ya es un “Navy” (marine), pero necesita convertirse en “Na’vi”. Ya era uno de ellos pero necesitaba evolucionar, entrenarse. O en palabras de George Lucas, “tenía los midiclorians necesarios pero le faltaba un maestro”. Hay un camino de conversión/iniciación. Algo que conlleva mucho más que el concepto de Internet de un avatar, la fotito del chat, y que supera ponerse un disfraz azulado. “No voy a llegar tarde a mi cumpleaños”, dice Jack antes de completar el ritual. “Birth-day” (día de nacimiento). Este destino es completamente simétrico a seguir adelante según el plan de Dios. Entrega total a la voluntad de Dios confiando en que Él (Ella en Avatar) proveerá. La afirmación del bautismo es nacer como nueva criatura. Toda iniciación ritual conlleva un volver a nacer. Hacerse avatar en su concepción hindú, reencarnar. Volverse un personaje de Herzog que se olvida su origen y se confunde con el paisaje.
La falta de emociones que mencionan los romanos es parte del 3D. Las figuras se acercan, es cierto, pero el rectángulo de la pantalla sigue cortando, y muestra el artificio. Hay complicaciones que se presentan al cineasta y no puede saberse si un plano medio tiene significado para el director o para que se vea mejor con los lentes puestos. Hay que filmar para el 3D, es una condición por encima de la obra. Incluso Alfred Hitchcock, al hablar con Truffaut sobre la filmación de Dial M for murder (1954), comentó cómo se forzó para encajar en el formato: “La impresión de relieve se da especialmente en los ángulos bajos. Así que hice hacer un pozo en el decorado para poder ubicar la cámara a ras del suelo”. Poner el truco por encima de la composición, o incluso por encima de la película, es un peligro que se corre y Cameron lo demuestra con zooms televisivos que ensucian la película y plantean una distancia demasiado brusca casi rozando el patetismo de Transformers (Michael Bay, 2007). En cuanto a la puesta en escena, el director conserva una constante necesidad de demostración técnica, lo que no lo hace un gran usuario del fuera de campo (no se puede usar… porque no tiene 3D). La prueba existe entre Alien (1979) de Ridley Scott y su secuela (en 1986) dirigida por Cameron. Mientras Scott abusa de pasillos vacíos y ecos ahogados para transmitir terror, Cameron equilibra sonido, velocidad y primeros planos para generar acción. O como escribió Ángel Faretta: “… pasamos de la autoridad de Jacques Tourneur a la franca acción directa de Howard Hawks”.
La metáfora fácil existe dependiendo de la miopía del que quiera mirar. El hecho de que los Na’vi sean tan símil indios (caballo, arco y pelo), hace sencilla la evocación a cualquier conquista americana sobre sus habitantes originarios. La resistencia de lo arcaico instalado por sobre lo moderno invasor. Este choque de violencia fue visto por China como un peligro para sus espectadores. Los dirigentes chinos debatieron eliminar la película de sus cines por incitar a la revolución y a la violencia. El propio país que siempre explotó el género wu xia pian, lleno de rebeldes alumnos de kung-fu que no escuchan a sus maestros. China consigue con esta censura cometer el mismo error que los católicos al no profundizar los guiños a sus propias filosofías. Cuando Jack pide a Neytiri que le enseñe, ella replica: “No se puede llenar algo que ya está lleno”. El responde: “Yo estoy vacío”. El Zen (practicado en China desde el sigo I) está encaminado hacia la vacuidad de pensamiento. “A la mente del principiante se le presentan muchas posibilidades; a la del experto, pocas” (Suzuki Shunryu). En las mismas imperfecciones se halla la base para crear una mente firme que busca el sendero, cuantos más errores tiene el camino, más puede aprenderse. Despreciado por los militares por ser inválido, despreciado por los científicos por ser militar y despreciado por los Na’vi por ser humano, es por esto que Jack no debe ser científico o saber el idioma na’vi y es por esto que en cada registro de video debe “vaciarse” de lo aprendido. Él se dedica al acto, a ser natural, no a cuestionamientos emo como lo hacía Neo en Matrix (Andy y Lana Wachowski, 1999) sino que es puro entusiasmo sin cuestionar ni cuestionarse. Pandora es el mundo al que quiere pertenecer porque en la Tierra ya no vale la pena estar. Se hace deseo, no racionalismo denso.
Por último, uno a favor: Evo Morales se identificó con Jack en su lucha por la protección de la Madre Tierra. Es común a las mitologías originarias de todo el mundo poseer una teogonía femenina como Tiamat (sumerios), Kubaba (acadios), Jörd (nórdicos), Papatuanuku (maoríes), Pachamama (sudamericanos). Pero dejando de lado las deidades, Avatar también hace referencia a la hipótesis Gaia, que pretende con base científica exponer a la Tierra como autorreguladora de la atmósfera y la parte superficial del planeta para hacerse más “hospitalaria” con las especies que la habitan. Tal hospitalidad no responde a planteos morales, los cuales tampoco son parte de Eywa. Neytiri explica: “no toma partido, sólo protege el equilibrio”. Y como los espectadores no somos dioses, es necesario que cada uno tome partido sobre Avatar. Sacarse los lentes 3D para no sobreestimar el efecto y poder darse cuenta de que cada elemento está lleno de significado. Patear el equilibrio para que todo pueda asimilarse.
Adrián Zorgno es alumno de segundo año de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica de CIEVYC

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