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Avatar Bis: La caja abierta
Avatar, de James Cameron, con Sam Worthington y Zoe Saldaña, 162
Nota: Se cuentan importantes partes del argumento.
Más allá de ser un gran espectáculo, Avatar (James Cameron, 2009) es una gran película. Pandora, el planeta, representa al mundo sin el hombre. El mundo sin pecados, sin mentiras, sin traiciones, sin excesos… y se la denomina así para evidenciar la ambición y el egoísmo del ser humano. El mineral que hay en Pandora es “maléfico”, se encuentra debajo de la tierra. No se simboliza, casi no se ve, casi no aparece. Puede ser rojo, amarillo, azul o quizá sea lo mismo que hay en el misterioso maletín de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). Un mineral o una manzana, cualquiera puede ser el objeto para movilizar al hombre al mal, al infierno, al pecado. Y es su llegada lo que abre esta caja de Pandora.
Jake Sully es un ex-marino que ayuda a los científicos a comunicarse con los na’vi, pero en principio su motivación es militar. Después, por una evolución personal, empezará a hacerlo noblemente. De forma inconsciente ese siempre fue su objetivo, pero no se lo permitía porque su hermano – de quien hereda la misión- cumplía “el rol” del científico, no él. El hermano era el dueño del avatar que será de Jake, el dueño de su cambio, y su sacrificio era necesario para concretar el cambio. Para esto Jake necesita conocerse, encontrarse a sí mismo, y la búsqueda se presenta de dos formas diferentes. La primera es el avatar con el que va a comunicarse con los na’vi, y por este “medio” va a iniciarse espiritualmente. La “evolución” transcurre durante toda la película en tres etapas: observar, aprender y consagrarse. La etapa de observación se da cuando Jake todavía no está seguro de qué lado está, si el de los militares o el de los na’vi y analiza ambas posiciones. La etapa de aprendizaje se centra en la escena en que Jake aprende a domar a Toruk, una suerte de dragón de Pandora, gracias a algunos na’vi que ya lo ven como uno de ellos. Y por último, la etapa de consagración se realiza con la ayuda de Eywa, una especie de Pachamama para los na’vi, y la reencarnación final. La segunda forma de reconocimiento es hablándole a la cámara, grabando todas sus conversaciones luego de volver del avatar. Estos monólogos le sirven para reflexionar, para dejar de confundir lo que pasa entre los humanos y los na’vi, entre lo bueno y lo malo. Finalmente se logra el objetivo, y si bien el mal interfiere, Jake logra cambiar, conocerse, saber lo que quiere. La reencarnación de Jake se produce y todos los males liberados, se van con los hombres.
Jake Sully tiene ese nombre en homenaje a Jake Scully (Craig Wassson) de Doble de cuerpo (Brian De Palma, 1984) ya que en ambas películas se reflexiona sobre la mirada del espectador y el cine como método de re-conocimiento. En Doble de Cuerpo, Scully se da cuenta de la trampa que le tendieron gracias al personaje de Holly Body (Melanie Griffith); el momento en que comienza la sospecha del engaño es cuando ve a Holly en una película. En Avatar, Sully reflexiona ante un medio audiovisual, y Sculy sin el cine (o su industria, o el video) no lo hubiese logrado. A la vez, en Avatar no sólo se desea observar a los otros, si no que también se interactúa. Al ser en 3D, el espectador ya no se siente imposibilitado de participar, ve todo de forma más real, como si fuese parte de ese mundo, el mundo del cine. Sully se siente parte de esto, por más que esté en una silla de ruedas, logra incorporarse a los na’vi o al menos sentirse uno de ellos, con la ayuda de un avatar (los anteojos para nosotros).
Cameron nuevamente toca uno de los más grandes temas de su filmografía: la errónea mano del hombre bajo lo natural. En Terminator (1984) los robots dominaban el mundo, algo hecho por el hombre lo terminaba enfrentando. En Titanic (1997) el barco – por más lujoso e inmenso que haya sido- se hundía por algo natural y previsible pero que el hombre no podía ver. En Avatar es quizá más explícito: cuando el hombre aparece, tanto en Pandora como en la Tierra, todo se convierte en un mal, en una gran caja de Pandora que se abre.
Luciano J Díaz es alumno de segundo año de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica de CIEVYC.

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