mar 31, 2011

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Encuentros demasiado cercanos con un chino

Encuentros demasiado cercanos con un chino

Un cuento chino, de Sebastián Borenzstein. Argentina 2011.

En el guión de Bastardos sin gloria (2009), aparecen notas de Tarantino sobre qué subtitular y qué no. No hay muchos directores preocupados por los subtítulos para generar un sentido dramático. Algo parecido es la burla que hace Austin Powers en Goldmember (2002, Jay Roach) con los espacios blancos de la puesta en escena que a veces no dejan leer con claridad las letras blancas en una película (recuerdo también las puteadas del público en el final de I.A. Inteligencia Artificial, 2001, de Steven Spielberg). En Un cuento chino se hace presente la autoconciencia al no subtitular el mandarín que se escucha en toda la película para generar empatía con Roberto.

Roberto es un ferretero al que la vida le ha pegado duro. Es ex combatiente de Malvinas, y lleva una vida metódica con horarios y rutinas. Vive solo y ya no quiere que nadie le rompa las bolas. Cumpliendo una de sus costumbres -ver a los aviones aterrizar en Ezeiza-, observa cómo tiran a Jun de un taxi, víctima de un asalto. Jun no habla español pero tiene un tatuaje con la dirección de la casa de su tío y, luego de mucho rogar en chino, Roberto lo lleva. El tío ya no vive ahí, así que en la embajada le piden a Roberto que aloje a Jun por unos días mientras lo ubican. Los problemas de comunicación y cultura son inevitables, más con un argentino obsesivo-compulsivo, pero pronto descubren que tienen más en común de lo que creen.

Cuando una película mantiene un ritmo fluido de principio a fin es un logro, pero cuando una narración es compacta, clara y utiliza los elementos de la puesta en escena para lograr personajes bien definidos desde el primer momento, es una habilidad. Un guión que no subestima al espectador, que lo deja construir, pensar la historia sin meterle planos detalles ni palabras de más. Con una atmósfera llena de argentinismo y un profesional de la puteada justa como es Darín, Un cuento chino es nutritiva y con las vitaminas necesarias para ser una comedia saludable para el espectador que desconfía del cine nacional. Llena de aire en los planos, con una escenografía light que no engorda la pantalla ni la vista. Y hasta ayuda con el tránsito lento para depurar cierto cine reflexivo y serio sobre racismo y conflictos nacionales. Es histórica sin tomar partido, es nacional sin ser pedante, es dulce sin ser empalagosa.

Adrián Zorgno es alumno de segundo año de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica de CIEVYC

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