abr 15, 2011

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Bafici 2011: La inspiración de Edvard

Bafici 2011: La inspiración de Edvard

Un homme qui crie / Mahamat-Saleh Haroun / 2010 / Bélgica – Chad – Francia

Adán come una sandía con su mujer. Juguetea con ella poniéndole un poco en la boca y el intercambio de miradas y caricias se convierte en una poesía erótica de la tercera edad. Pero, en contrapunto, el noticiero informa del avance de los rebeldes y las bajas militares del país. El terror es lejano y los amantes se siguen mirando. Estamos en Chad, un país africano con levantamientos constantes de grupos rebeldes armados. Chad es esa sandía que Adán abre, que casi no tiene semillas, con mínimas posibilidades de descendencia en un país que cada vez demanda más jóvenes en sus filas para mantener el orden. Y será la fruta, la que se dice comió el primer y homónimo hombre, la que inicie el sufrimiento de su prole.

Adán siempre se ha encargado de enseñar natación y mantener la pileta de un hotel turístico. Está enseñando a Abdel, su hijo, el oficio pero es tan buen maestro que es despedido para que el alumno ocupe su lugar. Aunque es recontratado para hacer de portero, la vida de Adán está arruinada. La pileta era su vida y el agua su felicidad. Cuando reclutan (raptan) a su hijo para formar parte del frente militar, ni se inmuta pensando en recuperar su empleo. Y si bien el nombre de la película puede traducirse como “Un hombre gritando”, el silencio predomina en todo el metraje. Sólo en el exterior porque todos los personajes van acumulando gritos que no exteriorizan. “La barbilla siempre en alto” le dicen a Adán al pasar, como si toda la deformidad del lienzo de Munch se retroalimentara en los personajes que tienen tanto para decir, pero tan poco dicen.

Un homme qui crie no se construye desde la crueldad visual sino desde las emociones contenidas, del avance de un terror salvaje pero no dividiendo entre buenos y malos (gobierno/militares y rebeldes) sino desentendiéndose de toda corrección política y hasta religiosa. Adán está peleado con su Dios y con su tierra. Como dice su amigo el cocinero al ser despedido: “Nuestro problema es que ponemos nuestro destino en manos de Dios”. Y todo ese estado de tranquilidad que una vez pudo tener es abandonado junto con su orgullo para hacerse cargo de su familia y recuperar a su hijo. El hombre como amo de su destino para no dejar que otro de afuera lo administre.

Adrián Zorgno es alumno de segundo año de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica de CIEVYC

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