abr 17, 2011

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Bafici 2011: La terraza

Bafici 2011: La terraza

La terraza/ Leopoldo Torre Nilsson / 1963 / Argentina

Como espejo del mundo. Como reflejo de la sociedad.

La terraza no fue hecha para ser pasada en el BAFICI cuarenta y ocho años después. Sin embargo, es tan contemporánea a nuestros problemas que pareciera que sí. Si no fuera por la juventud de Graciela Borges y el perfecto blanco y negro, o que gracias a que los temas que toca están, lamentablemente, siempre vigentes, se podría decir que fue filmada el año pasado.

Al salir de sala, mi vecina de ritual le preguntaba a su acompañante: “¿Cómo habrá caído esta crítica social en los años sesenta?”.  Pero yo me preguntaba cómo es que pasaron tantos años y buena parte de la sociedad aún sigue insultando a los homosexuales, maltratando a las mujeres y despreciando a los empleados.

La historia es sencilla: un grupo de adolescentes de clase alta, hace una reunión en la terraza de uno de ellos; como quieren quedarse toda la noche y sus padres no los dejan, amenazan con tirarse al vacío. Bastante patéticas sus metas ¿no? Sin embargo, en un espacio de no más de diez metros cuadrados, Torre Nilsson pinta una sociedad entera. Una sociedad que venía de un gobierno de facto hacía cinco años, y que afrontaría la “Revolución Argentina” tres años después.

El papel de los niños es fundamental y nada casual: la nieta del encargado del edificio y su amigo, participan como “sirvientes” en la fiesta y los humillan una y otra vez… Ella será la encargada de servir en lo que le pidan, y a él lo disfrazarán de mujer a la fuerza para divertirse. La crueldad extrema se da en los personajes jóvenes que hoy, en la vida, son lo peor de nuestra sociedad: el podrido núcleo de la clase media-alta que defeca sobre el resto sin pudor.

Dejando el contexto político-social de lado y volviendo a la película, se debe prestar atención a su contenido crítico, pero también a la composición de los cuadros y las escenas: durante la noche, la iluminación es tan perfecta sobre la cara de Graciela Borges, que con curvas atractivas y voz sensual, hace suspirar hasta los más chicos. Y en la sala, había muchos disfrutando de nuestro cine clásico, por suerte.

Lo mejor de la película es su sublime final. Como cierre perfecto, como conclusión exacta, como final abierto, como lo que se quiera sentir e interpretar. El final es tan puro que sin perder su esencia, deja a cada uno vivir sus emociones particulares. Es casi mágico lo que transmiten los niños jugando con los restos de su dolor, con las hojas de la pileta vacía que perdió la fiesta de los oligarcas y ganó la ternura de los futuros trabajadores.

Sofía Casas es alumna de segundo año de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica de CIEVYC

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