abr 19, 2011

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Bafici 2011: Los estudiantes

Bafici 2011: Los estudiantes
The turin horse / Béla Tarr / 2010 / Hungría
Caterpillar / Koji Wakamatsu / 2010 / Japón
El estudiante / Santiago Mitre / 2011 / Argentina

Basta de crítica por un ratito: hoy mientras miraba The turin horse de Béla Tarr pensaba que hay algo tanto o más importante que no estoy contando por falta de tiempo, espacio y género. La película parte de una anécdota grandiosa: el momento en que Nietzsche empieza a perder la razón, condensado en una escena que pasó en 1889, cuando el filósofo de la superhombría vio cómo un cómo un hombre azotaba a su caballo y corrió a abrazar al animal para protegerlo. Este cuento se cuenta al principio de The turin horse, y termina con una frase que no estaba contemplada en la historia para dar comienzo a la película: “Del caballo no sabemos nada”. Por ese no saber que abre una grieta en el pasado se mete Béla Tarr para seguir al caballo y a su dueño durante una tormenta que dura seis días. El hombre, pobre como sólo puede serlo el que lo único que tiene para comer es una papa por día, vive con su hija en una casita en el medio del campo. La película dura dos horas y media y muestra en blanco y negro la vida cotidiana de este hombre, su hija y el caballo. El viento suena todo el tiempo, fuerte, amenazador; el agua del pozo se termina, el caballo se niega a comer y caminar y muestra las costillas en el lomo más flaco que las caras de sus dueños.

Béla Tarr no lo dice nunca, no necesita hacerlo, pero la pregunta que despierta vivamente la película es por qué Nietzsche tuvo piedad del caballo pero no del hombre. En una de esas (respuesta obvia, tonta) porque no podía verlo como lo vemos nosotros no luchar durante días (acá no hay lucha posible, apenas hay algo para hacer que pueda cambiar la situación). Porque no vio su comida cotidiana tal como la imagina Béla Tarr, una papa hervida sobre un plato, sin cubiertos, que el hombre pela con las manos sin esperar a que la papa se enfríe (tiene hambre). El hombre y la hija no se dicen nada, nunca, más que “No hay agua” o “Llegaron los gitanos”. Nada. La película es puras imágenes morosas que construyen el tiempo cotidiano como espera de nada, como pobreza que no hay con qué llenar. Ayer al final de Caterpillar de Koji Wakamatsu las bombas volvieron a caer sobre Hiroshima después de que se contó durante una hora y media, otra vez, la vida cotidiana de un hombre y una mujer, esta vez un soldado que vuelve mutilado a casa de la guerra entre China y Japón, no sólo como víctima sino también como asesino y violador de mujeres, y su mujer, que lo atiende, le pega, le reprocha al que ya no puede hablar que él también le pegara antes de irse a la guerra (Caterpillar es un poco básica, demostrativa en su planteo). Fueron horas de angustia en el cine, entre cafés de Starbucks. Pero también de fiesta, de digna decadencia del aristócrata italiano Burt Lancaster en El gatopardo de Visconti, que vi ayer en una copia restaurada.

El cine finalmente no fue, como había soñado Walter Benjamin, un instrumento poderoso para la difusión del socialismo entre las masas (así lo dice al final de ese texto que todavía habla, “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica”). Pero sí sigue siendo un instrumento poderoso de conocimiento, porque no hay conocimiento posible si no se imagina nada: sólo datos. Por eso Béla Tarr se pregunta qué pasó con el caballo cuando lee la anécdota de Nietzsche, así como Brecht se preguntaba en el poema “Preguntas de un obrero que lee” si César no llevaba un cocinero cuando conquistó a los galos, o adónde fueron los albañiles la noche en que terminaron de construir la Gran Muralla. Esa es la emoción que hay en el cine, por eso me gustó que en la larga secuencia de la fiesta casi al final de El gatopardo las parejas bailaran arrastrando basura por un piso donde habían caído cosas a lo largo de la noche. O que Fabrizio (Burt Lancaster) fuera a un baño que estaba lleno de recipientes con pis, acumulado en el corazón del palacio durante la fiesta.

Un festival de cine tiene esa magia, se hace cápsula del tiempo que nos lleva de una época a otra con sólo cambiar de sala, logra en la convivencia feliz de tantas miles de imágenes distintas eso que es mi parte preferida de la autobiografía de Daney (me refiero a “El travelling de Kapo”, claro), cuando dice que el cine nos enseña a tocar incansablemente adónde empieza el otro. Pero lo hace como aventura, y no como maestro que señala el pizarrón y dice “lean esto”. Bueno, salvo que un director se equivoque mucho y se tiente a decirlo; con eso casi siempre se arruinan las películas. Lo digo muy a propósito porque esto me lleva a la mejor película argentina que vi hasta el momento, El estudiante de Santiago Mitre, y la que peor termina. Muchos van a detestar El estudiante, estoy segura de que muchos ya la odian. La película sigue a Roque (Esteban Lamothe, perfecto actor) por los pasillos de la UBA, entre pintadas políticas y reuniones estudiantiles plagadas de retórica. Roque es del interior y viene a Buenos Aires a estudiar, pero al poco tiempo se descubre hábil para las negociaciones y empieza a militar en la universidad (porque, entre cínico y adolescente, se enamora de la militante y profesora Romina Paula, más linda que nunca y también perfecta en su papel).

El estudiante muestra el ascenso de Roque en la agrupación Brecha (ayer estuve hinchando todo el día con decir que es nuestra Red social, porque acá no tenemos cuentos empresariales pero sí políticos), y por recortar estrictamente el mundo de la política universitaria del modo en que lo hace –con sugerencia de ampliación de ese mundo a nivel nacional- termina por plantear a la política como manipulación  que sólo busca el beneficio personal de los que la ejercen. No hay consecuencias reales de las decisiones políticas en la vida de los que no sean dirigentes, no hay transformación de nada sino puro ascenso llevado por la ambición. No estoy de acuerdo con esa visión de la política, que hasta parece tener algo de desencanto adolescente (Brecht le preguntaría a Santiago Mitre si eso que sólo se muestra como cadena de manipulaciones nunca tocó la vida de nadie que no fuera un político corrupto y acomodaticio). Pero entre tantas historias chiquitas (algunas muy buenas) es estimulante encontrar una película atrevida y discutible como seguramente lo va a ser la de Santiago Mitre (que fue guionista de Trapero en Leonera y Carancho). Como dije, la película plantea una pregunta sobre el final y la contesta, grave error, aparte de que le sobra la voz en off marca Llinás que al parecer quiere dejar su firma en todo lo que toca. Pero ojalá que se arme la podrida, que El estudiante se discuta, que nos obligue a volver a pensar lo que pensábamos. Seguiré reportando este Bafici mientras me saco la tierra de la tormenta de Béla Tarr y veo si me puedo volver a meter en la cueva de Herzog.

Marina Yuszczuk es colaboradora de ¡Esto es un Bingo! (www.estoesunbingo.com.ar)

Esta crítica se publica como parte de una colaboración entre www.estoesunbingo.com.ar y Hatari! Cine

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