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Dossier Caetano: El cine de género en Un oso rojo y Bolivia.
- ¿Qué es el bar, Enrique?
- Las ciudades son las hijas del miedo, del miedo a la selva. Ya en el trazado de las ciudades descubrís que la rectitud que tiene la ciudad, las calles, las esquinas, las manzanas, las veredas; está todo construido para que un burro ciego camine por ellas. El bar, yo creo que es… los últimos pantanos de la selva, los últimos lugares donde existe el riesgo. ¿Qué es lo que no es el bar? Es el lugar donde cuchi cuchi va construyendo esa pequeña vida que te deja respirar en la ciudad, donde tenés que conformarte con a ver si tenés hijos, escribís un libro… El bar es la última oferta de la eternidad, la última oferta que queda de la libertad. Del peligro a que pierdas tu novia, a que te enojes con tu amigo, a que aparezcan personas desconocidas… Yo creo que el bar sobre todo es, no digo la selva, pero por lo menos el bosque que le queda a la ciudad.
Prólogo de Mosca de bar, Dos minutos.
Un oso rojo (2002), un remisero en el oeste.
Natalia (Soledad Villamil) lee Las medias de los flamencos, de Quiroga. Un cuento sobre por qué los flamencos tienen las patas así. El mito es la explicación de una realidad, no es sólo un cuento sino que también cumple una función pedagógica. Lo que no es ciencia, es mito. Y el mito conlleva un orden, un ritual que debe seguirse para poder vivir. El rito es una fórmula, un método para conocer mejor la realidad. Y el que conoce la fórmula, los pasos, los códigos, es el héroe, el que sobrevive por conocer la realidad a través del mito. Y el conocimiento de la fórmula es el conocimiento del género. El Oso (Julio Chávez) conoce las reglas, el sentido de una realidad que los otros no ven. Es el representante del género que realiza paso a paso a través de la película los lugares comunes del western, cargado de spaghetti por la suciedad y el humor negro. Desde la música original, Mariano Barrella y Diego Grimblat, hacen sostener una nota donde parece que vendrá un silbido o un punteo de la mano de Ennio Morricone pero, en cambio, un arpegio de cumbia nacional se impone como un leitmotiv.
El Oso es el que vuelve para cobrar lo que le pertenece. Fue marcado y viene a reclamar el precio de su cicatriz, como Clint Eastwood en Cometieron dos errores (Ted Post, 1968). El que entra al bar y hace voltear a todos. El cigarrillo cobra importancia como abandono del cuerpo para generar una actitud. El Oso fuma Particulares 100’s, cigarrillos negros y con presencia; en cambio, Sergio (Luís Machín) fuma Jockey, una marca nada particular. El héroe presta su ayuda y sigue su camino, no se detiene a construir o a establecerse, es un nómada constante como John Wayne en Más corazón que odio (John Ford, 1956) o Charles Bronson en Érase una vez en el oeste (Sergio Leone, 1968). Pero Caetano no nos trae caballos y sombreros sino un western contemporáneo así como Walter Hill lo hizo en los ochenta con Calles de fuego (1984), lleno de neón y música pop. La Matanza es el “far west”, como dice el Turco (René Lavand). El oeste de Buenos Aires es tan tierra de nadie como alguna vez lo fue California.
La herencia de Carpenter y Hawks se expresa en la dinámica de la acción. Los personajes no son profundos, no se detienen. Actúan. El género no se estanca en planteos morales. Si bien el cine de Caetano trata de personajes marginales, hay una dinámica constante que elude las convenciones de sufrimiento y la construcción de la víctima. Lo mismo en Crónica de una fuga (2006), donde la expresión caligarista del terror y la construcción del villano superan los lamentos de una época argentina.
Bolivia (2001), necesidad contra realidad.
Caetano se vale de la xenofobia de este país, expresada en gentilicios peyorativos como “bolita” y “paragua” para crear verdaderos villanos argentinos y convertir una competencia racial actual en un verdadero western. Si el porteño promedio ya siente superioridad sobre el resto de las provincias, el trabajo de identificación con el espectador para con un boliviano parece complicado, pero se generará de a poco conforme el resto del metraje. Caetano se encargará, de entrada, de construir a Bolivia como un país menor. Pasan los títulos con una goleada de la celeste y blanca contra Bolivia (“hijos nuestros”). Y se hace minimalista al construir al personaje de Freddy (Freddy Flores), un inmigrante que deja su país por necesidad. Con la urgencia de trabajar para su familia, las estafas y los insultos, se va generando la identificación. La relación con el western es inmediata: el bar. Freddy no sólo consigue su trabajo en el bar sino que cumple el papel de uno de los personajes más bajos del lejano oeste: el empleado del bar. No hay personaje más golpeado y carente de orgullo que el empleado del bar. Incluso las prostitutas tenían más dignidad. El director declara sus principios, su cine es el cine de los pobres, de los desamparados que están a la buena de ellos mismos. En Caetano no hay lugar para Dios, el padecimiento no tiene consuelo religioso porque no se llega a la hipérbole de un castigo divino. Sus personajes no buscan una explicación a sus males, son entusiasmo puro. Nadie hará nada por ellos. Los pibes de Piza, birra, faso (1998) no esperan favores o limosna, van a conseguir lo que quieren.
Bolivia y Paraguay son, en la actualidad de Argentina, lo que México representaba en los westerns. El de afuera, el empleado, el otro. El extranjero, el raro al que se le hecha la culpa de algo. En este caso: del desempleo, de la falta de dinero, de la cerveza caliente. Buenos y malos son completamente definidos. Desde el género, la división entre los que están de un lado de la barra y los que están en las mesas. Los villanos vienen a portarse mal, a desordenar, a pedir fiado. Los que padecen son los buenos, con los que debemos sentir empatía por tener que bajar la cabeza y las pretensiones. La música es usada como resumen de un tiempo que va pasando o para darle profundidad al personaje, para mimetizarse con el sufrimiento y empalizar silencios y palabras tragadas. Ese ralenti en primer plano de la mirada y la elipsis del paso del tiempo con música de fondo sin sonido diegético, es influencia del video clip en el cine de género en los ochenta desde el mainstream (por ejemplo, en Rocky 3, de Sylvester Stallone, 1982) hasta la clase B (The best of the best, de Robert Radler, 1989).
La gresca y el bar como microcosmos creador de mitos, demuestran en Caetano una nostalgia por el cine puro, el género, la acción. Y no sólo la nostalgia de sus personajes sino la de los argentinos que estamos perdiendo al tanguero, al borracho y a los que aun valoran el honor. La frase del Oso “no te enseñó el carnudo de tu viejo que a los borrachos no se les pega”, habla de un código que se está perdiendo. Bolivia nos cuenta cómo estamos olvidando los argentinos aquellos barcos en los que vinieron nuestros abuelos de Europa y los “gallego mugriento” y “tano analfabeto” que se tuvo que tragar nuestra propia sangre. Caetano, desde el género, construye la metáfora de una humildad que tenemos que aprender. Ya la soberbia el año pasado poco nos hizo comer una goleada histórica contra Bolivia, con Maradona dirigiendo a la selección. Y también la nostalgia de aquellos años en los que un choripán nos salía un peso.
Adrián Zorgno es egresado de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica de CIEVYC

