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18 Festival Cievyc: Con la persistencia de un western
El frasco, de José María Galati, con Ignacio Santin, 07’39’’, 1º año, 2011.
José María Galati nos muestra en El frasco una forma simpática y auténtica de una lucha diaria, que se engrandece hasta adquirir dimensiones épicas: el héroe contra la bestia, a todo o nada. Rodrigo (Ignacio Santin) es un adolescente que sucumbe ante el calor y decide revisar la heladera. Al encontrar un frasco de pepinos se propone abrirlo, pero no puede. Un objeto tan banal y tan usual, tan simple y tan duro de roer, se puede transformar en el peor enemigo.
Antes de convertirse en la lucha de la mitología cotidiana, el director nos identifica con el protagonista a través de la acción por excelencia en la búsqueda de misterios sin resolver de la vida diaria: googlear. De esta forma se va acrecentando la tensión, a medida que prueba, una a una, todas las opciones que arroja Internet. Mientras el conflicto se pone cada vez más serio, también lo hace la puesta en escena, los planos y el montaje. El quiebre se produce cuando la importancia del frasco invade mucho más que el encuadre de la cámara y pasa directamente al montaje, mediante la utilización de un fundido a verde, como el color de su tapa. La personificación del objeto es pertinente: tiene temperamento, aquel que le otorga el propio héroe al plantearlo como su contrincante ¿o a caso qué joven adolescente puede llegar a disfrutar de un tarro de pepinos como merienda?
La música adquiere relación directa con la historia al enmarcar el duelo entre el joven y el frasco. Las tres canciones seleccionadas cumplen la función de intensificar el combate. Pero la presentación de la batalla, formalmente declarada, a través de The last gunfight (Clint Bajakia) es perfecta. Al mismo tiempo, la cámara los señala y el montaje los enfrenta, uno contra el otro. Empiezan a aumentar los primeros planos con la expresión del protagonista y su objeto de deseo. Detalles del sudor que recorre su piel y encuadres que cortan a la mitad su rostro. La lucha ya no es por lograr abrirlo simplemente, es una competencia de persistencia. Ambos en igualdad de condiciones ponen al límite su entereza. Tras varios intentos, Rodrigo llega a la decisión límite: tirar el frasco desde la terraza. Esta secuencia, casi sin sonido, tiene varias características. Primero, la repetición al mostrar el personaje en la terraza desde un punto de vista externo y luego a través de una subjetiva que no parece tener demasiada significación en ese momento. Segundo, el ruido del vidrio rompiéndose, mientras el protagonista baja las escaleras, logrando que el espectador esté igual de convencido de que, por fin, el enemigo fue vencido. La sorpresa de que el frasco permanezca intacto da la pauta de que el sonido fue producto de la imaginación de Rodrigo y de que el público está totalmente identificado con él. Esto provoca gran desesperación y, casi rendido, el último intento es la penetración con la mirada, mediante el montaje paralelo. Pero todo queda en la nada cuando la hermanita del protagonista resuelve el incidente con un simple movimiento y lo abre. El antihéroe cree haber perdido sólo una batalla, pero no la guerra. El frasco, corroborando una vez más su autoconciencia, se deja abrir por quien él quiera, desafiando a su contrincante. Y Rodrigo, sin dudar, lo vuelve a intentar, acompañado por el tema The good, the bad and the ugly (Ennio Marricone) que termina de cerrar el cortometraje, en una compaginación de créditos digna de un western.
Micaela Garuzzo
(Alumna de 1º año de la carrera de Periodismo y Crítica Cinematográfica)

