dic 5, 2011

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18 Festival Cievyc: El qué y el cómo

18 Festival Cievyc:  El qué y el cómo

Declaración de guerra, de Leandro Cánepa, con Matías Martínez y Paulo Ferrín, 12’04’’, 1º año 2011.

El único protagonista de Declaración de guerra se coloca sus auriculares, sube a su patineta y comienza a andar al ritmo del death metal. Avanzando sobre una calle al costado de las vías, observa que un tren pasa a su lado, dejándolo atrás. El personaje se detiene y mientras ve que otro tren se acerca, decide arrojarle una piedra con el objetivo de que impacte en algún vagón. A partir de esta introducción, su delineamiento estará sujeto a una serie de características que conforman la figura del adolescente aislado del mundo. Esto no denota una tendencia negativa. Por el contrario, cada enfoque hacia el rostro, cada plano en estos primeros dos minutos muestran el perfil más básico del cliché: ropa, actitud, posición corporal y la música que escucha constituyen su rebeldía. Son rasgos que crean una imagen que es clásica pero precisa al mismo tiempo.

El director, Leandro Cáneda, construye dos espacios en los cuales se exponen tratamientos disímiles en la puesta en escena. En la primera parte, los elementos tienen una verdadera coherencia: el personaje se encuentra claramente ubicado en su mundo. Ese ambiente deshabitado, nublado, parece pertenecerle y estar, de alguna manera, ligado a la actitud oscura que se representa en los primeros minutos. A su vez, está acompañado por cierta música que refuerza su identidad (y claro, los gustos del adolescente): al recorrer la calle se observan los logos de las dos bandas (Misfits y Danzig) escuchadas por el protagonista. Se nota de esta manera que diferentes recursos colaboran para llegar a un resultado final. Por el contrario, el resto del relato tendrá lugar dentro de su casa. Tras la acertada introducción, la historia se concentrará sobre este chico intentando abrir un misterioso frasco que contiene algo que el espectador desconoce, su insistencia indicará que posiblemente él sepa cuál es el contenido. De este modo, los contrastes entre el exterior y el interior parecen tener relación con la personalidad del joven: afuera se encuentra el alma rebelde, la capacidad de combatir el universo representado por ese tren; en el interior, la necesidad de redescubrir algo que va más allá de sus esfuerzos o de su ruda forma de ser. Mientras tanto, no hay vinculación con la música escuchada hasta ese momento: esta deja de tener la arrolladora fuerza del comienzo para actuar en el fondo de cada acción.

Al igual que las dos caras que presenta la puesta en escena en relación a los espacios, el ritmo manifiesta también dos modificaciones: en la primera parte, el montaje tiene una cadencia más acelerada, como si la despreocupación del protagonista fuera adoptada por el propio cortometraje; el segmento que tiene lugar en la casa está dominado por la extensión de los tiempos muertos, ajustados a la pausada búsqueda por abrir el envase. Lo que se observa es la dependencia narrativa de las acciones del adolescente, quien se dedica, sin rendirse, a conseguir herramientas y métodos para solucionar su súbito inconveniente. Si el uso de los tiempos muertos es usado -tal como dicta su tradición- para acompañar un sentimiento que surge de las profundidades de un personaje, en la historia esto no parece existir. Por el contrario, sólo hay un desperdicio de minutos en el tratamiento del inexplicable frasco cerrado y la impotencia de quien lo quiere abrir.

Más allá de sus problemas narrativos, probablemente la mayor falla se encuentre en la presentación del relato frente al espectador. Si se pretende otorgar –involuntariamente- una sorpresa acerca del contenido del envase, se pide delicadeza, atención y coherencia hacia el público. Por eso mismo, descubrir el costado metafórico del guión es, sin lugar a dudas, un trabajo complejo. En dos momentos, el cortometraje -mediante el uso de canciones- se aproxima al objetivo de transmitir su discurso que tiene relación con las consecuencias de las guerras a lo largo de los cientos de años de historia latinoamericana y el papel de los jóvenes que, obligados por los adultos, combaten en el frente de batalla. Sin embargo, el problema no se presenta únicamente al querer establecer su temática, sino la manera argumental en que se realiza. Tras varios minutos observando intentos fallidos del personaje por abrir el frasco, su padre llega a la casa y, tras girar la llave en el candado, lo abre. Por su vaguedad en la construcción narrativa, se nota que nada importa: la desperdiciada temporalidad, la falta de ritmo en la resolución, las acciones inútiles del chico durante diez minutos. Cáneda parece conocer realmente lo que Declaración de guerra expone, quiere decir algo pero, al mismo tiempo, da la impresión de no saber qué elementos usar para este propósito.

 Luciano Mariconda

(Alumno de Periodismo y crítica cinematográfica 1º año 2011)

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